El pasado 14 de febrero, junto a toda la Iglesia, dábamos inicio al tiempo de la Cuaresma. Con el gesto sencillo pero profundo al mismo tiempo de la imposición de la ceniza, se nos recordaba que estamos llamados a vivir este tiempo de preparación para la Pascua desde una alegría plena y con grandes deseos de conversión, de dejar a Dios sacar de cada uno de nosotros la mejor versión, porque, hemos de reconocer, que nos resulta más sencillo ‘ir a lo nuestro’.
Las semanas de Cuaresma, coincidiendo el octavo centenario de la impresión de las llagas de San Francisco de Asís, hemos mirado al Cristo de San Damián, a Aquel que cambió la vida del santo de una vez y para siempre. Nos hemos preguntado cada día “¿Quién eres Tú y quién soy yo? Tú, grande; yo, pequeño”. Y es que es así, cuando nos sentimos pequeños, cuando podemos dejar que algo cambie en nosotros.
Mirar a Jesús en la cruz y ser conscientes de que su amor por cada uno de nosotros le ha llevado a dar la vida “por mí”, ha de ir transformándonos desde dentro.
También en este tiempo hemos profundizado en el sentido de que las pequeñas cosas de cada día pueden ser vividas con más verdad y menos error, con más alegría y menos tristeza, con más luz y menos miedo, con más fe y menos dudas, con más amor y menos rencor.
En la última semana, por etapas, hemos querido acompañar de un modo especial a Jesús. Los más pequeños tuvieron una celebración en la capilla, en la que estuvieron junto a Jesús en la última semana de su vida. Los demás, con la oración del viacrucis, recorrimos las catorce estaciones que llevan a Jesús a la cruz. Son momentos de gracia, de luz, de estar con Jesús que nos amó y se entregó por nosotros. Son también invitación a vivir con más Jesús la Semana más grande para los cristianos: la Semana Santa.
Que sepamos estar Contigo en estos días, sabiendo que Tú estás siempre con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.













