El pasado 25 de mayo tuvo lugar la celebración del Jubileo de las familias del Colegio. Los actos comenzaron a las 10:30 de la mañana, con una oración y ofrenda floral ante nuestra Madre. Posteriormente, tuvo lugar una performance protagonizada por alumnos del Colegio, en la que se resumía la Historia de la Salvación que culmina en Cristo, y con la que se nos animaba a los allí presentes a ser “peregrinos de esperanza”. Por eso, y tras cantar el himno del Jubileo, emprendimos la marcha hacia el Sagrado Corazón de Jesús, templo jubilar de nuestra ciudad de Melilla.
El camino fue toda una metáfora de la vida. Hubo tramos en los que el terreno empinado invitaba a bajar el ritmo y el sol aplastante nos obligaba a los padres a proteger de sus rayos a los más frágiles de entre nosotros. Las zonas de sombra, por el contrario, nos devolvían la vitalidad y nos daban nuevo impulso. Hubo quien compró agua y la ofreció, a los que tenía más cerca y a los alejados. Hubo también quienes se unieron a la marcha cuando ya faltaba poco para llegar, obteniendo la misma recompensa que los que habían echado a andar desde el principio.
Fueron como una actualización de la parábola de los jornaleros (Mt 20, 1-16), con la que Jesús nos quiere enseñar la generosidad y la justicia del Padre, que no entiende de méritos sino de Amor.
Pero, sobre todo, la peregrinación del domingo pasado nos recordó que no podemos caminar solos, que la vida de fe solo puede ser vivida en comunidad, hablando y escuchando con el corazón, compartiendo dudas y certezas, alegrías y frustraciones, siempre confiados en Aquel que es “camino, verdad y vida”.
Tras pasar por la Puerta Santa del Sagrado Corazón, tuvo lugar una emotiva eucaristía, presidida por nuestro vicario, don Eduardo Resa, quien insistió en la homilía en dos palabras fundamentales pronunciadas por Jesús en el Evangelio: la paz que solo Él nos puede regalar (para que nosotros hagamos lo mismo) y el temor que debemos desterrar de nuestras vidas para convertirnos en alegres seguidores de Cristo. Porque como dice san Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8, 31).






