UN ROSARIO
COMOÉL
El silencio de las primeras horas del día envolvía las calles mientras alumnos, familias, profesores, Hermanas y antiguos alumnos nos preparábamos para vivir uno de esos momentos que, año tras año, forman parte de la más profunda señal de identidad de nuestro Colegio.
Poco a poco, entre saludos, sonrisas y alguna mirada emocionada, comenzamos el Rosario de la Aurora. Caminamos juntos acompañando a María, dejando que cada oración marcara el paso de una mañana especial, de esas que no se miden por el tiempo que duran, sino por lo que dejan en el corazón.
Mientras avanzábamos, el amanecer iba tiñendo el cielo de nuevos colores. La ciudad despertaba lentamente y nosotros lo hacíamos también por dentro, recordando que la fe compartida tiene la capacidad de unir generaciones, historias y vidas muy diferentes bajo una misma mirada: la de nuestra Madre.
Este año tuvimos además la alegría de contar con la presencia de nuestro obispo, D. José Antonio Satué Huerto, cuya cercanía y acompañamiento hicieron aún más significativa una celebración que forma parte de la historia y del alma de nuestro Centro y de todos los de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones. ¡Qué emoción sentir que todos, en este día, honramos a María del mismo modo! Como también lo hemos hecho a lo largo de todo el mes, con el ‘Mes de Mayo’.
Para muchos de nosotros, esta mañana tuvo un significado especialmente profundo. Es verdad que cada uno vive este día desde el momento personal en que se encuentra y que, sin saberlo o no, celebrar este día deja huella. Pero sin duda, es especialmente significativo para los alumnos de 2° de Bachillerato, quienes dentro de unas semanas cerrarán definitivamente su etapa en el Colegio. Algunos llegaron aquí siendo apenas unos niños; otros se incorporaron más tarde. Pero todos han encontrado entre estas paredes un lugar donde crecer, aprender, equivocarse, levantarse y descubrir quiénes son.
Porque el Buen Consejo es mucho más que un edificio. Es el escenario de las primeras amistades, de los recreos interminables, de los nervios antes de un examen, de los consejos recibidos a tiempo, de los abrazos en los momentos difíciles y de las alegrías compartidas. Es el lugar donde muchos hemos pasado prácticamente toda una vida, desde Infantil hasta el último día de nuestra formación.
Por eso, mientras rezábamos junto a María, era imposible no mirar atrás con gratitud. Gratitud por cada profesor que ha dejado huella, por cada compañero convertido en amigo, por cada Hermana que ha dejado parte de su vida por nosotros, por cada familia que ha caminado nuestro lado y por cada experiencia que ha contribuido a formar la persona que hoy somos.
Al llegar al final del recorrido, el sentimiento era compartido. Sabíamos que estábamos viviendo una tradición de siempre, pero también un momento único e irrepetible. Uno de esos instantes que permanecen grabados en la memoria porque nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos.
Con el corazón lleno de agradecimiento, pusimos bajo el manto de María nuestras alegrías, nuestras preocupaciones, nuestros sueños y también los nuevos caminos que están por comenzar. Especialmente los de aquellos alumnos que pronto emprenderán una nueva etapa lejos de las aulas que durante tantos años han sido su hogar.
Celebramos la Eucaristía, acción de gracias por excelencia, en la parroquia del Sagrado Corazón, lugar que siempre tiene las puertas abiertas para nosotros y que celebra cada año este día tan especial. En la homilía, don José Antonio nos invitaba a imitar tres actitudes de María. En primer lugar, a ponernos en camino. Porque en la vida no vale quedarnos sentados y esperar que las cosas sucedan, hay que ser protagonistas, ser inquietos, caminar teniendo clara cuál es la meta. Además, la segunda actitud a imitar es la acogida. Tener los brazos abiertos para dar ese abrazo que cura y sana. Por último, la gratitud y acción de gracias. Es mucho lo que tenemos que agradecer pues todo, absolutamente todo, lo hemos recibido.
Y así terminó la mañana, con la certeza de que algunas cosas cambian y otras permanecen para siempre. Cambian los cursos, las etapas y los caminos que cada uno emprende. Pero permanece el recuerdo de lo vivido, el cariño por nuestro Colegio y la confianza de saber que María continúa acompañándonos allí donde vayamos.
María, Madre nuestra, enséñanos a decir siempre “sí”, a caminar con fe y a llevar en el corazón todo lo bueno que hemos aprendido junto a Ti.






