Cuando nos propusieron hacer el Camino de Santiago, la emoción fue inmediata, pero también el miedo. No sabíamos muy bien qué nos esperaba: tantos kilómetros, el cansancio, convivir tantos días seguidos… Sin embargo, una vez que llegamos al aeropuerto y pusimos rumbo a Galicia, ya no había vuelta atrás. Íbamos a vivir una experiencia que, sin saberlo aún, nos iba a marcar profundamente.
Bajo el lema de este año, “Como Él”, inspirado en San Francisco, comenzamos este camino con ilusión y el deseo de descubrir algo más que paisajes.
El camino: esfuerzo, encuentro y fe
Desde Sarria, cada etapa fue una mezcla de esfuerzo físico y descubrimiento personal. Caminábamos entre bosques, aldeas y senderos, haciendo paradas para descansar y sellar nuestra credencial en distintas iglesias que encontrábamos por el camino. Esos pequeños templos, sencillos pero llenos de historia, se convirtieron en puntos de encuentro con el sentido más profundo del Camino.
El cansancio fue apareciendo poco a poco, sobre todo en etapas con subidas más duras, pero aprendimos a respetar nuestros ritmos y a apoyarnos unos a otros. Hubo momentos de silencio, en los que cada uno caminaba con sus pensamientos, y otros llenos de risas, canciones y conversaciones. Incluso cantamos alguna canción del Colegio, lo que nos hacía sentirnos más cerca de casa.
Uno de los momentos más especiales fue cuando nos encontramos con unos franciscanos. Fueron cercanos, amables, y estuvimos hablando con ellos un buen rato. Nos transmitieron valores muy ligados a lo que intentábamos vivir: la sencillez, la alegría, el respeto por los demás y la importancia de compartir. Fue un encuentro breve, pero muy significativo.
La llegada: emoción y sentido
Poco a poco, nos dimos cuenta de que el Camino no era solo andar. Era convivir, ayudar, escuchar… valores claramente franciscanos que fuimos experimentando sin darnos cuenta. Nos apoyábamos cuando alguien estaba más cansado, compartíamos lo que teníamos y aprendimos a mirar a los demás con más atención.
El último día, desde O Pedrouzo, lo comenzamos con ganas y algo de prisa. Sabíamos que estábamos cerca del final. A medida que avanzábamos, la emoción crecía. Y cuando por fin vimos la catedral de Santiago, fue un momento difícil de describir. Sentimos alegría, orgullo, alivio… pero también algo más profundo, como una paz interior.
Participar en la misa del peregrino fue el broche final. Allí, rodeados de personas de todo el mundo que habían vivido una experiencia similar, sentimos un fuerte espíritu religioso y de unión. Era como si todo el esfuerzo tuviera ahora un sentido completo.
En definitiva, el Camino de Santiago ha sido mucho más que un viaje. Ha sido una experiencia de crecimiento personal, de encuentro con los demás y también con uno mismo. Como curso, nos hemos sentido más unidos que nunca. Hemos aprendido a convivir, a ayudarnos y a valorar los pequeños gestos.
Siguiendo el lema “Como Él”, hemos intentado vivir como San Francisco: con sencillez, alegría y cercanía. Y aunque el Camino haya terminado, todo lo que hemos vivido seguirá con nosotros.






