El pasado Miércoles de Ceniza, nuestra comunidad educativa se reunió para celebrar la Eucaristía que marca el inicio del tiempo de Cuaresma, un tiempo especial en la vida de la Iglesia que nos invita a la reflexión, la conversión y la preparación para la Pascua.
En esta celebración participaron de manera especial los alumnos de 3º de ESO, quienes colaboraron activamente en distintos momentos de la liturgia, ayudando a toda la comunidad a vivir este momento con recogimiento e interioridad. Durante la celebración tuvo lugar el rito de la imposición de la ceniza, un gesto sencillo pero lleno de significado que nos recuerda nuestra fragilidad y nos invita a volver el corazón hacia Dios. La ceniza nos sitúa en la verdad de que somos lo que somos a los ojos de Dios y nada más, y nos anima a iniciar un camino de conversión interior.
En el momento del ofertorio, algunos alumnos y profesores llevaron al altar varios signos que ayudaron a expresar el sentido de este tiempo:
Una vasija de barro, símbolo de nuestra fragilidad y de nuestra condición humana.
Un espejo, que nos invita a mirarnos con sinceridad a la luz de la Palabra de Dios y reconocer aquello que necesitamos cambiar. ¿Quién Tú y quién yo?
Y, como en cada Eucaristía, el Pan y el Vino, que se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento para nuestra alma.
Durante la celebración se nos recordó que la Cuaresma es un tiempo para detenernos, mirar nuestra vida a la luz del Evangelio y dejarnos transformar por la misericordia de Dios. No se trata solo de reconocer nuestras limitaciones, sino también de descubrir el amor paciente con el que Dios nos mira y nos invita a vivir como verdaderos hijos suyos.
La oración también nos propuso la figura de San Francisco de Asís, cuyo ejemplo de humildad, pobreza y confianza en Dios nos anima a vivir este tiempo con un corazón sencillo y abierto.
Con esta celebración comenzamos juntos el camino cuaresmal, deseando que estas semanas sean para todo un tiempo de silencio, verdad y gracia, en el que podamos acercarnos más a Dios y aprender a amar a los demás reconociendo en ellos el rostro de Cristo.






