UN ROSARIO
CONMÁSCORAZÓN
Hoy, al amanecer, algo en el aire era distinto. El silencio de la mañana se llenaba poco a poco de pasos, de miradas cómplices, de nervios y emoción contenida.
Mis compañeros y yo, alumnos de Segundo de Bachillerato, nos reunimos una vez más —quizás por última vez todos juntos en el cole— para vivir un día que llevaremos siempre en el corazón: el Rosario de la Aurora.
Salimos al encuentro de la Virgen, esa Inmaculada que nos ha acompañado durante años, a veces sin darnos cuenta, en nuestros días buenos y también en los difíciles. Caminamos rezando, envueltos en una paz serena, mientras el cielo comenzaba a encenderse con la luz del nuevo día. Cada Ave María era más que una oración: era un recuerdo, una promesa, una forma de agradecer.
Mientras avanzábamos en procesión, algo en nosotros iba cambiando. Ya no éramos solo alumnos que querían acabar el curso:
Éramos jóvenes que se despedían de una etapa, de un lugar que ha sido hogar, de profesores que se han convertido en guías y de amigos que ya son familia. El cole dejaba de ser solo un edificio para transformarse en memoria viva.
Y entonces llegó uno de los momentos más especiales: nuestra consagración a la Virgen. Con el corazón lleno, le ofrecimos lo vivido, lo aprendido, nuestras alegrías y también nuestras luchas. En ese gesto, humilde pero profundo, sellamos nuestra despedida de una forma que va más allá de las palabras. Nos pusimos bajo su manto para seguir adelante con confianza, sabiendo que su mirada nos acompañará allá donde vayamos.
Queremos guardar con especial cariño las cálidas palabras de nuestro vicario, Eduardo Resa, que nos habló con sinceridad, cercanía y afecto. En ellas sentimos reflejado el espíritu de estos años: acompañamiento, esperanza y la certeza de que hemos dejado huella, del mismo modo que todos ellos la han dejado en nosotros.
Al llegar al final, frente a nuestra Virgen, hubo miradas que decían más que las palabras. Sabíamos que algo terminaba, pero también que algo nuevo empezaba. Sentimos un nudo en la garganta, ese que solo aparece cuando uno sabe que está cerrando una puerta que no se volverá a abrir igual.
Hoy nos despedimos, sí, pero también sellamos una etapa con fe, con gratitud y con esperanza. Porque aunque el camino continúe y tomemos rumbos distintos, esta mañana —y lo que representa— quedará para siempre con nosotros.






